El mate nuestro de cada día

Compartimos una linda nota al mate escrita por el periodista y escritor Roberto Alifano :

Todas las cosas tienden al símbolo, que es la representación tangible de una idea, cuyos rasgos se asocian, por lo general, a una convención socialmente aceptada. El símbolo también puede ser la forma de exteriorizar una costumbre o un hábito. Los símbolos nacionales son los que diferencian a una comunidad de otra y son adoptados por los países para representar sus valores, metas, historia o riquezas y eso hace que se identifiquen y distingan; además de aglutinar en ese contexto a su gente y crear un sentimiento de pertenencia. Los símbolos nacionales por excelencia, todos sabemos, son la bandera, los rasgos vernáculos y el himno. Dentro de esas categorías, con atributos particulares, casi no tenidos en cuenta, se dan ciertas costumbres que, con el tiempo, se transforman en simbólicas o ceremoniales.

En la Argentina, por ejemplo, la mayoría de los que convivimos en esta dilatada región, cumplimos cada mañana con una suerte de rito cotidiano que se resume en calentar agua para preparar nuestro insustituible “mate” y dar sorbos al día con una buena mateada.

Empecemos por aclarar a qué se denomina “mate” y por definir qué es dicha infusión y dónde se origina. El hábito viene de muy atrás, de las lejanas épocas de la conquista. Se dice que al llegar los españoles a las costas del Río de la Plata y luego internarse hacia el norte, notaron que algunas etnias practicaban el ritual de juntarse a beber una infusión que los indígenas guaraníes llamaban kaay (ka’á, hierba, ey, agua).Y que de allí, al parecer, nació la expresión “mate”, que viene a su vez del vocablo quechua mati, cuyo significado es también “calabaza”, o sea baya de cáscara dura, que era el recipiente para beber la yerba que se ingería a través de una cañita denominada “tacuarí”, a la que se colocaba una semilla ahuecada que hacía las veces de filtro, y es lo que hoy llamamos bombilla, o sea el adminículo empleado, indispensable para tomar mate.

Por el alto valor que tuvo en determinadas épocas de la colonia, a la yerba mate se la denominó también “oro verde” o “té del Paraguay”. Aunque, casi en seguida, los españoles llamaron “mate” a la infusión elaborada a partir de la yerba del mismo nombre que científicamente se clasificó luego como ílex paraguariensis. Por su parte, los conquistadores portugueses, que al principio la rechazaron, le dieron otro nombre, llamando al mate “chimarrão” (cimarrón, término que se aplica al animal doméstico que huye al campo y se hace salvaje o, por extensión, al hombre que trabaja poco y descuida su deber). Curiosamente, José Hernández, en su Martín Fierro, exalta el mate de manera morosa usando la palabra “cimarrón”:

y sentao junto al fogón

a esperar que venga el día,

al cimarrón se prendía

hasta ponerse rechoncho

mientras su china dormía

tapadita con su poncho…

También vale la pena detenernos en la música de Buenos Aires; hay un tango, titulado Trago amargo, grabado por Carlos Gardel, que utiliza la palabra “cimarrón” para referirse al mate. Tan sutil como imperativo, el sufrido protagonista, le ordena a su madre cebar unos amargos:

Arrímese al fogón, viejita, aquí a mi lado

Y ensille un cimarrón para que dure largo.

Atráquele esa astilla, que el fuego se ha apagado,

revuelva aquellas brasas y cebe bien amargo

Sea como fuere, notamos que esa expresión referida al mate, aunque bastante acotada, aún perdura entre nosotros y no es raro oír, cuando se invita a una mateada, el “véngase a tomar unos cimarrones”, o “unos amargos”, por extensión, si el mate es cebado sin azúcar.

Sin embargo, de haber sido por don Hernando Arias de Saavedra (que famosamente quedó en la historia de nuestra América como “Hernandarias”, nacido en Asunción del Paraguay en 1564 y muerto en Santa Fe de la Argentina, en 1634, yerno de Juan de Garay, reconocido como hidalgo, militar, conquistador, colonizador, explorador y burócrata rioplatense, con la notable particularidad de haber sido el primer criollo que ocupara el puesto de gobernante de una región colonial), la yerba mate hubiera desaparecido en cualquier forma de uso.

“Hernandarias” descubrió que los guaraníes llevaban en unas pequeñas bolsas de cuero, llamadas guayacas, hojas de yerba mate triturada y tostada, a la que tanto podían beber en infusión como mascar durante sus tareas cotidianas o en largas marchas. Eso se debía a las propiedades energizante de la yerba descubierta por los nativos y que, sin ninguna duda, las tiene, ya que, entre otras cosas, evita el escorbuto, que es la carencia de vitamina “C” en el organismo.

Pero sigamos en los remotos tiempos del célebre “Hernandarias”, principal enemigo declarado del mate, al que consideraba, además, como una “sugestión clara del demonio” o, con inconsciente simpleza “vicio abominable y sucio de la indiada”. Otra de las razones esgrimidas se basaba en considerar la costumbre de tomar algunas veces al día la yerba con gran cantidad de agua caliente que “hace a los hombres holgazanes y fomenta la total ruina”. Así, de tal manera, era referida la costumbre de tomar mate, hábito que también se había extendido entre los habitantes de Buenos Aires y que incluso ya había sido denunciado ante el Tribunal de la Santa Inquisición de Lima.

Un exagerado parte de guerra de “Hernandarias” ordenó, sin vuelta de hoja, que “nadie en adelante fuese ni enviase indios a buscar hierba a ninguna parte donde la haya, ni la traiga, ni traten, ni contraten so pena de pérdida de ella, que se ha de quemar en la plaza pública”. También impuso multas de 100 pesos a los españoles, o 100 azotes si eran aborígenes, a quien “la metiere o quisiese meterla en la ciudad”. Todos los indígenas y muchos españoles, que ya habían adquirido el hábito, fueron obligados a dejarlo, al parecer sin demasiado éxito, pues subrepticiamente se siguió tomando mate.

La otra prohibición surgió en las misiones jesuíticas, donde los severos sacerdotes se manifestaron en contra del consumo del mate, dado que los efectos diuréticos hacía que los indios salieran con frecuencia del templo, interrumpiendo así las largas ceremonias religiosas. Sin embargo, no demasiado tiempo después, descubrieron el lado saludable de la yerba mate mejorando su cultivo y haciéndolo rentable, monopolizando su comercio, hasta que en 1767 fueron expulsados por Carlos III de las colonias españolas en América latina. Y otra vez llegó la campaña de desprestigio para el mate, sosteniéndose, en esta oportunidad, que era una “vulgar bebida de haraganes”, ya que los nativos dedicaban varias horas del día a dicha práctica.

Pero el mate se impuso y hoy una mateada es puente de unión entre la gente. Nadie mejor que un poeta para celebrar esa costumbre tan practicada en la Argentina, el Paraguay y el Uruguay. Van aquí estos heptasílabos que don Ezequiel Martínez Estrada titulara “El mate”:

De ti a mí, mano a mano,
el mate viene y va.

El mate es como un diálogo
con pausas que llenar.
(Darío lo ha llamado
calumet de la paz)
Niño que se ha dormido
cansado de llorar…

Siempre dulce o amargo en su cebada, llegamos así hasta los tiempos actuales y encontramos que el mate es uno de los aspectos más importantes de la cultura argentina (y por ende rioplatense, ya que se extiende hasta el Uruguay, que supera a los argentinos en intensidad, pues es habitual verlos en la calle con su termo bajo el brazo, saboreándolo en cada esquina o en las plaza públicas).

Jorge Luis Borges, sin ser un gran mateador, debido a que le causaba ardor estomacal, cumplía cada tanto con el difundido rito. Fany Úbeda, su ama de llave, correntina de nacimiento, buena tomadora de mate, cada tanto le cebaba unos amargos al poeta; aunque él los prefería dulces (“Para amarga es suficiente la vida”, se justificaba). Pero, lo que más regocijaba a Borges era convidar con un mate a sus desprevenidos visitantes; sobre todo a los extranjeros, que no cabían en su estupor cuando por cortesía, a veces frunciendo el ceño, lo debían probar.

Digamos que como parte de la tradición, la costumbre de matear es bien grata tanto para pasar un momento en soledad, como para ser compartida en una reunión familiar o con amigos. El mate, nuestro singular y agradable mate, desde hace tiempo tiene un sitio en la cultura argentina.

Instalado en el hogar, el mate no necesita argumentos para presentarse. Su historia y sus mitos han conseguido tantos cultores como formas de prepararlo; aunque no tiene demasiados secretos: el agua, la yerba, la bombilla, el recipiente y hasta la forma de cebarlo pueden determinar el resultado final; sobre todo cuando la cebada que se ofrece es digna de un aplauso o de una cara reprobatoria.

Quien esto escribe, buen mateador de cada día, compartió alguna vez esta ceremonia con grandes hombres de la cultura; entre ellos, don Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú y Jorge Luis Borges que, como buenos criollos viejos, alentaban ese rito, ya transformado en símbolo nacional.

Fuente: El imparcial.es

Un comentario

  1. Genial la nota

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